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El mercado del Rastro de Madrid surgido en el siglo XIV, es un clásico de cada domingo.

“El Rastro es la última frontera de Europa con África”, fueron las palabras empleadas por el escritor alemán Hans Magnus Enzensberger para definirlo con una de las mejores definiciones sobre este particular mercado. Resumió, así, al hombre con precisión haciendo alusión a las diversas nacionalidades y etnias que confluyen en este mercado callejero buscando curiosidades, oportunidades y todo lo imaginable o tan solo para hacer turismo en uno de los más tradicionales barrios de Madrid.

El nombre oficial del barrio es “Embajadores”, pero todo el mundo lo conoce como “El Rastro”. Ocurre que tiene una identidad tan fuerte que su atracción es irresistible, que hace que Madrid deje de ser la misma cada domingo o feriado (entre las 9:00 y las 15:00 hs.). Ese es el momento donde cerca de 2.000 puestos (en algún momento llegaron a ser 3.500) se extienden entre la Plaza de Cascorro y su monumento en honor de Eloy Gonzalo; al norte; al sur; la Plaza del Campillo del Mundo Nuevo; el eje de la calle de Ribera de Curtidores y la calle Embajadores; al sur.

Por la década del ’70, el cantante Patxi Andión, resumía la principal clave de esta vigencia de siglos, en una estrofa de una de sus canciones “Una dos tres /una dos tres / lo que usted no quiera para El Rastro es”. Rarezas y viejas mercancías, los más diversos y exóticos objetos, artículos de electrónica que alguna vez fueron vanguardia, viejos libros, aves exóticas, películas clásicas, desde ropa de los ’50 a productos ecológicos; todo lo que podemos encontrar en un Shopping o comercio tradicional, esta en El Rastro.

Autores tan diversos como Covarrubias o el mismo Cervantes, aseguran que, con toda probabilidad la palabra “Rastro” refiere al rastro de sangre que dejaban las reses luego de ser degolladas para su posterior venta al por mayor. Ocurrió que a finales del siglo XV empezaron a instalarse en esta zona mataderos y curtidores de pieles, que aprovechando las aguas de los arroyos que fluían hacia el Manzanares.

Sobre estas sinuosas calles en declive ya por el siglo XIV comenzaron a convertirse en el centro de la actividad comercial de los “ropavejeros”, que desde aquel entonces se afincaban en la Calle de los Estudios en torno de una manzana triangular que ocupaba la parte alta de la actual Plaza de Cascorro. A mitad del siglo XVII comenzaron a agregarse fábricas de zapatos, correajes, bastos y monturas, como así también, comercios de ropa y elaboración de productos derivados del sebo (velas, cirios y candelas). A fines del siglo XVIII fueron llegando vendedores de comestibles, panaderías, enseres y trastos de todo tipo.

Después fueron erradicadas las tenerías para evitar la contaminación del río y, fueron quedando los chamarileros, almonedas, anticuarios, tiendas de compraventa de muebles y objetos de valor, prendas, alhajas y comercios de libros antiguos. Se fueron organizando también, bazares y galerías y, por supuesto, los infaltables bares y tabernas, y, que de no ser así, la zona, no luciría tan española.

Más tarde, habrían de llegar los recortes de la Alcaldía (redujeron la cantidad de puestos) y diversos intentos de traslado que nunca prosperaron. No lo permitieron los comerciantes y los más de 100 mil paseantes que cada domingo suben y bajan estas calles. Todos saben, que los domingos sin este mercado histórico de la capital española.

 

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